Al final lograron separarnos
Cómo el radicalismo político terminó alejándome de mi propia gente
En mi casa las elecciones siempre fueron un evento. Toda la familia tenía la cédula inscrita en el mismo punto de votación y los domingos de elecciones, después de votar, nos reuníamos a almorzar y a ver los resultados. Sabíamos que no todos votábamos igual y, aun así, nunca hubo un problema más allá de algún comentario incómodo pero respetuoso sobre las razones para votar por uno u otro. Sobre todo de mi papá.
Eso, claro, no pasaba en todos lados. Las elecciones en Colombia siempre han sido difíciles. Lo cuento desde el privilegio de recordarlas en el seno de una familia donde las opiniones se respetan, en el barrio de una ciudad donde la política se vivía de otra forma. No veía compradores de votos. No veía a la guerrilla, ni a los paramilitares, ni a los vecinos amenazantes empujando un voto. Lo recuerdo desde un lugar donde no se escuchaban disparos, donde la muerte no se hacía presente en las jornadas electorales.
Pero incluso con lo violentas que eran las elecciones en algunos rincones del país, nunca sentí miedo de hablar de política. Tal vez solo era que no me enteraba de nada. Tal vez solo estaba muy lejos de la beligerancia de otros lugares.
La política cambió en todas partes
Desde hace unos años, la política cambió en todo el mundo. Aparecieron políticos radicales en muchos países, dispuestos a pasar por encima de todo, dispuestos a ver el mundo arder. Y, para ser justos, aparecieron respondiendo a realidades de cada lugar.
Aparecieron Trump, Bolsonaro, Milei, Bukele, Meloni, Orbán, Le Pen, Kast. Aparecieron Petro, Pablo Iglesias, López Obrador, Evo Morales, Mélenchon. De un lado y del otro, daba igual. Cada uno con su trinchera, cada uno con sus fieles. Y a mi alrededor empecé a notar cómo las personas en redes, en la calle, en el trabajo, en la mesa se volvían más y más radicales. Más fanáticas. Más intolerantes.
Entonces empecé a cuestionarme y a leer mucho sobre historia. Es cierto eso de que la historia es la mejor forma de no repetirla. Porque leyendo encontré razones por las que un político aparece primero en un país que en otro. Patrones de por qué en un lugar se toman ciertas decisiones. Patrones que se repiten de una forma increíblemente parecida.
Colombia no es violento desde hace quince años. Es violento desde hace doscientos. Incluso más. Cuando los bandos eran independentistas y colonialistas, Bolivarianos y Santanderistas, federalistas y centralistas, gólgotas y draconianos, Conservadores y Liberales, guerrillas y paramilitares, del Sí y del No, Uribistas y Petristas. Y todos, desafortunadamente, dispuestos a matar al que piensa distinto. Porque en Colombia incitar a la violencia siempre ha terminado en violencia y en muertos, muchas veces en lugares que tú, que estás leyendo, ni sabías que existían y a veces a cuadras de ti. Tan violento ha sido que se matan candidatos presidenciales desde hace décadas: Gaitán, Galán y el más reciente Uribe Turbay.
La única diferencia es que ahora las redes sociales hacen eco de todo. Aquí podría culpar al algoritmo. Sería cómodo. Pero la verdad es que la culpa es nuestra. Es nuestra por no esperar un segundo entre leer algo y lanzar un comentario de odio. Es nuestra por no sentarnos a pensar por qué en Argentina apareció un Milei y en El Salvador un Bukele, cuando las realidades de esos países son tan distintas a las nuestras. Otros problemas, otra geografía, otra cultura, y otras dimensiones de territorio y de población.
Pretender que somos iguales
Me considero una persona de centro, aunque el concepto esté hoy tan desprestigiado. Creía ser alguien capaz de hablar con cualquiera, sin importar su pensamiento político, su credo o su ideología. Tengo amigos que opinan muy distinto a mí en muchas cosas y, aun así, podemos discutir, enojarnos, cuestionarnos y seguir siendo amigos como si nada. Porque me parecía una tontería dejar de hablarle a alguien o peor, pelearme con alguien solo por no pensar igual (y me sigue pareciendo una tontería) Siempre hay un punto en común, me decía.
Eso era pretender que, en el fondo, todos somos iguales. Que detrás de cada postura hay una persona razonable con la que tarde o temprano vas a encontrarte a mitad de camino. Es una idea bonita. Y es la que me permitía dormir tranquilo.
Pero hace poco me di cuenta de que esa capacidad que creía tener no era tan real.
Caí en cuenta de que no tengo amigos colombianos. Y, tratando de entender por qué, encontré la respuesta: miedo. Me cuesta escuchar argumentos como que el pobre es pobre porque quiere, olvidando por completo que la cancha no es igual para todos. Me cuestan los comentarios racistas, elitistas, homofóbicos, xenófobos, machistas. Pero me cuestan todavía más cuando salen de un colombiano. Así que, sin darme cuenta, terminé alejándome de mi propia gente para no tener que reconocer esos demonios en alguien que nació en el mismo país que yo.
No voy a defender ni a criticar a ningún político en este artículo. El objetivo es otro. Lo que quiero contar es lo que esto le hizo a alguien como yo, que se creía a salvo. Pensaba que era inmune a ese resentimiento. Y resulta que no.
La política, los políticos, el radicalismo no me hicieron irme. Irme lo decidí yo, por razones afortunadamente muy lejanas a la violencia. Lo que sí lograron fue separarme. De mi país. De mi gente.
Y ahora que lo escribo, caigo en cuenta de algo: en Colombia “la violencia” no nombra un periodo que terminó. Nombra uno que no ha terminado, que se renueva cada tanto.
Al final lo lograron. Al final lograron separarnos.
A veces hablo con un amigo de lo poco tolerantes que nos hemos vuelto. De lo difícil que es sentarse con alguien que piensa distinto, alguien que nos sacuda la burbuja en la que vivimos.
Nunca pensé que fuera yo. Que yo era el que evitaba mirar al monstruo de frente. El que prefería alejarse, antes que arriesgarse a escuchar algo que le doliera. Y resulta que esos demonios que tanto temía reconocer en el otro convivían con uno propio: el miedo a mirarlos.
Quiero creer que todavía estamos a tiempo de volver a la mesa. Que el punto en común no era una ingenuidad, sino algo que dejamos de cuidar. Que escuchar no es ceder.
¿Cuándo fue la última vez que te sentaste a hablar con alguien que piensa diferente, aunque te incomodara, antes de gritar, pelear, indignarse o soltar el comentario?

Amigo, cuan acertados tus comentarios!!
Tu sabes que un viejo vecino de parque del plata, del cual nunca más supe después que se mudó, me dijo un día “ yo soy pragmático, no dogmático” el nunca hablaba de política, y siendo un ex bancario, sabía que era de izquierda.
Esa frase me marcó.
❤️❤️